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Chanchos Entramos al monte donde la sequía había dejado su secuela de osamentas de vacas al costado del arroyo cortado en varias partes, al lado de un chilcal espeso de un monte sucio, achaparrado, con piso duro, sin huellas claras en senderos, salvo algunos rasguñones de colmillazos en los troncos de una picada escondida, que nos señalaba la presencia de un padrillo en la zona y nos daba esperanzas el aviso de un alambrador que trabajaba en ese campo y los había visto de pasada. Y allí fuimos con Gustavo Segovia, Matías Tropini y Reinaldo Lorenzón, un veterano de la caza de pluma que nos quiso acompañar, entusiasmado esperaba ver trabajar a los dogos. Llevábamos a FIERRO DEL GUAYRA, o Fierro I, y al Fierro II ( el problema de los nombres, fue que uno lo crié yo en la ciudad y el otro lo lleve de cachorro al campo, la casualidad hizo el resto), dos dogos argentinos ya veteranos con chanchos cimarrones y jabalíes. También el Galguito y el Lasi de Arturo Comas, un baqueano de la zona que no nos pudo acompañar como tantas veces, pero nos prestó sus perros, También iba la Francisca, una perra puntera mezcla de dogo, galgo y pointer. Eran las 16:30 y caminábamos apurados por el poco tiempo de luz que teníamos( y sin linternas!) en un campo que no conocíamos, con un cielo algo nublado y un poco de calor –era Octubre-, bajamos de la camioneta y empezamos a recorrer, los perros entraban y salían del monte al sendero, seguían con nosotros un trecho para recuperar fuerzas y luego continuaban cerca de unas moreras donde estaba el piso regado de frutos maduros, cerca de osamentas de vacas que actuaban de cebadero. Hasta que la Francisca ladró en el chilcal como a cien metros, intuimos que era padrillo, pues escuchábamos el revuelo de los perros y no gritaba, corrimos todos hacia allí, las ramas nos azotaban la cara y la maraña nos impedía el paso, la pelea se iba corriendo mas lejos, los perros no podían detenerlo, era un padrillo en fija; llegamos justo para ver como se tiraba para cruzar un gajo del arroyo, dándose vuelta para pelear los perros, estaba prendido el Fierro II y los demás alrededor tratando de llegarle. Era un enorme mestizo y se movía fácilmente en el agua barrosa, hasta que terminamos con él. Yo salí a la carrera con el botiquín de emergencias buscando al Fierro I, que no estaba, quería creer que se había ido corriendo otro chancho, que ya regresaba, que en un momento estaría conmigo. Lo silbé como tantas veces, recorriendo el rastro de la pelea, hasta que encontré un reguero de sangre fresca y en la maleza, como a diez metros mi dogo muerto, con seis puñaladas del padrillo. Mi perro no había aflojado hasta que no pudo más, tal vez esperanzado como otras tantas veces que yo lo salvara de la muerte. De heridas que suturaba con mas amor que sapiencia; pero esta vez no pudo ser, el padrillo le había seccionado las arterias, imposible una cura, una transfusión. Mi perro estaba níveo como nunca, y tan quieto. FIERRO DEL GUAYRA murió en su ley, en su destino de dogo argentino, ante un enemigo que lo superaba varias veces en tamaño, él puso toda su valentía peleando hasta la muerte. Quise enterrarlo allí mismo, en el monte que tantas veces lo vió recorrer sus senderos en la alegría de la caza. Pesaron al chancho en la estancia, vacío dio 160 Kg. Para el recuerdo quedaron las fotos y la ausencia de FIERRO. Néstor D. Boaglio (Entre Ríos, Argentina)
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