|
Fierro y el padrillo cimarrón (foto al pie)
-Siempre, en reuniones de amigos cazadores, inevitablemente se intercambian vivencias de caza, relatos de tal o cual aventura, con mas o menos memoria. Una de ellas, que sucedió hace tiempo con Fierro del Guayra, y ha quedado impresa fuertemente en mi memoria, es en la que este dogo, debido a su coraje, me hizo debutar como cirujano de urgencia, atendiéndolo en la mitad del monte y de la noche, a kilómetros de otra ayuda, en procura de salvarle la vida. -El lugar de cacería esta vez, era en una zona muy sucia, elegida por los chanchos cimarrones como su encame natural luego de las correrías en busca de alimento. Una zona de pajonales mansos, y un monte cerrado a la vera de un arroyo en partes profundo, donde la maraña llegaba hasta los sarandíes de la ribera. La cacería prometía ser fructífera, pues el arroyo se había salido de madre obligado por las copiosas lluvias y apenas nos dejaron los caminos, nos llegamos hasta allí. El arroyo inundaba un vasto territorio, obligando a los chanchos cimarrones a buscar la alturas de las isletas, juntándose. Estos chanchos, domésticos otrora; formaban un temible enemigo de la ganadería lanar de la zona cuando a falta de la comida habitual, se animaban a matar corderos y a partir de allí, no paraban hasta que una bala o el cuchillo de un cazador, terminaba con ellos. Los padrillos se empacaban fácilmente y causaban bajas en la perrada de los puesteros, y se acostumbran a presentar pelea teniéndola fácil con los mestizos de las estancias. Me acompañaban mis amigos de varias correrías, Adrián Cis, Pedro Clausen,(ambos grandes cazadores) Gustavo Segovia, El Tano y don Sacks. Llevábamos con nosotros a Fierro y Coco, dos dogos argentinos muy veteranos para los chanchos, y la invalorable Francisca, puntero nata. Hicimos campamento a la vera del arroyo, y luego en piragüa, yo iba cruzando de noche, perros y cazadores a la otra orilla, entre los árboles inundados de la costa. Caminamos mas de tres horas en silencio, escuchando sólo el chapoteo del ir y venir de los perros en la oscuridad. De pronto ladró la Francisca en su forma característica de marcar al chancho, como a 500 mts, una carrera interminable, cayéndonos al barro, golpeándonos la cara con ramas y espinas, enredándonos en las zarzas y pajales y volviéndonos a caer. Los dogos tenían una chancha, la terminamos y soltándolos agarran otra mas grande, Francisca ladraba como loca y los dogos en silencio hacían su trabajo, su razón de ser dogos argentinos. Cazamos dos padrillos chicos y tres lechones grandes más. Atamos a la Francisca, para que no busque mas y estábamos en la faena del desposte, cuando escuchamos como a 100mts, el chapoteo y la ronca pelea de un dogo con un padrillo. Rápidamente salimos Pedro y yo hacia el lugar para ver que Fierro había sujetado un gran padrillo, y que era arrastrado contra las matas de paja; el perro no podía afirmarse bien en el barro y el cimarrón usaba toda su fuerza. Pedro hábilmente le cortó los garrones al chancho para ayudar al perro y llegar mejor a enterrar su cuchillo en el codillo. El bicho aflojó en un estertor de agonía, entonces pudimos ver a la luz de las linternas la garganta abierta de Fierro, de donde la sangre manaba abundante manchando de rojo su pecho blanco. Adrián llegó con el botiquín, que; bien dotado de instrumental quirúrgico, esperaba no usar nunca. Sólo había visto y ayudado en alguna práctica veterinaria y realizado cortes de orejas a mis perros. Inmovilizamos a Fierro en el suelo, en una parte limpia, donde se echó blandamente extenuado y sin resistirse, la sangre manaba a pesar de tenerle yo apretada la zona con la mano, no podía llegar a ver bien el origen de la hemorragia. El colmillo del chancho había entrado y salido limpiamente sin rasgar, era una cuchillada perfecta y honda, pero debía abrir campo y el nerviosismo del momento, la desesperación de ver que a mi perro se le van poniendo blancas las encías por falta de sangre; junté coraje e hice de tripas corazón alentado por Adrián, iluminado por dos linternas a 4 horas del campamento, a 6 de un veterinario, descubrí la vena que al fin pude ligar luego de vanos intentos. Fierro en ningún momento gimió, se movió o manifestó molestia alguna, sólo se entregó con confianza a las manos de su dueño, un inexperimentado "cosedor". Luego de ver como se levantaba y mostraba signos vitales fuertes, se me volvió el color a mi rostro y respiré hondamente, ya con el pecho distendido: Fierro se había salvado!! Poca importancia le dimos al padrillo, volcada de lado en el barro su mole dormida, yo no tenía otras miradas mas que para mi perro. Regresamos con las piezas cazadas a duras penas, entre tropezones en el monte y resbalones en el pajal. A Fierro lo llevé un trecho en hombros, al bajarlo y acariciarlo en los descansos, me lamía de contento la cara, nos dábamos un respiro y al intentar cargarlo de nuevo, él se alejaba caminando vacilante, como diciendo, yo puedo un poco mas; así llegamos empapados, muertos de frío donde estaba la piragüa, el agua del arroyo había subido mas. El cruce se hizo en silencio, yo apenas terminé de vadear a todo el grupo que se reunía al cálido abrazo del fogón, me dediqué a revisarlo de nuevo a Fierro, limpiarle mejor la herida, mirarle la sutura, esa que me hizo debutar como "cirujano cazador", él me dejó hacer tranquilo y luego lo envolvimos con frazadas en la camioneta. Ya empezaban las bromas ante el asado criollo, distendidos ante el mal rato sufrido. Quién pensaría en ese momento que en otro chancho, Fierro encontraría la muerte en su destino de ser un dogo argentino.
Me decía bruscamente un muchacho de campo, que tenía un par de dogos cosidos de cicatrices, y que no eran muy bonitos ni grandes, arruinados por la vida sufrida del campo: ....."copas y medallas se pueden conseguir con algún esfuerzo en la ciudad, pero colmillos de chancho?.............tienen que venir a buscarlos....." |